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Por: Rodrigo Ferro
@AZULinnovacion

El permanente alza en el precio de la divisa estadounidense tiene en aprietos a más de uno. ¿Por qué no estamos celebrando?

En enero de 2015, si es que usted es de los que dejó el presupuesto del año para última hora, nadie pensó que lo que está pasando podría pasar. En las cuentas de absolutamente nadie, incluyendo al Banco de la República, Planeación Nacional y al periodismo económico nacional, entre otros, se cruzó siquiera la opción de tener dólar a $3.000 en agosto.

Si se revisa la literatura, los pronósticos más “pesimistas” hablaban de un dólar a $2.800 (o $2.850) y eso al final del año, no a estas alturas. Sin embargo, todos sabemos que la economía es el arte de predecir por qué no se cumplió lo que estaba previsto.

Es evidente que los importadores son los damnificados número uno. Sus costos se fueron a las nubes y, como buenos colombianos, intentaron hacerse los machitos y aguantar el golpe inicial, pero cuando la cuestión se puso agreste ya no hubo de dónde y les tocó reconocer que la única salida es subir precios.

Como en toda novela, aquí hay antagonista. Se supone que si los importadores pierden, los productores nacionales deberían ganar. Y mucho. Percibir semejante porcentaje adicional de ingresos (al menos en la teoría) es el sueño de todo empresario local: ganar plata sin hacer nada adicional. Pero la realidad es bien distinta.

Resulta que con una década de dólar barato, el empresario promedio colombiano se olvidó del encadenamiento local y salió a buscar proveedores. Con el argumento de que son más baratos y mejores, empezó a comprar sus materias primas en otros lugares (precios obviamente atados al dólar). Esto significa que hoy sus costos crecieron, luego no hay mucho qué celebrar en realidad.

Las razones de la subida del precio del dólar son múltiples pero, sobre todo, demuestran que aunque nos creemos el ombligo del mundo, somos más vulnerables de lo que quisiéramos. Nos hemos creído el cuento de que vamos a pertenecer a la OCDE pronto, pero en realidad nuestra competitividad deja mucho que desear.

El problema es que si antes no se tomaban decisiones en el empresariado promedio colombiano, imagínese ahora. Y la competitividad de las empresas no mejora porque el miedo paraliza.